Dejar las drogas: de los opioides adictivos al cannabis medicinal

Es probable que alguna vez hayas leído o escuchado sobre la crisis de los opioides. Aquel fenómeno mundial que provocó la adicción y muerte de miles de personas por el uso legal de analgésicos sintéticos recetados por médicos. En nuestro país también se comercializaron y, por suerte para algunos, el cannabis se convirtió en una alternativa saludable.   

Esta es la historia de Ana María Borda. Una mujer de 59 años oriunda de la ciudad de Azul, una localidad ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires con alrededor de 60 mil habitantes.

Ana vive en el mismo barrio hace 24 años. Es agente sanitario en promoción y prevención de enfermedades y padece dos enfermedades invalidantes muy dolorosas.

La arteritis de la temporal, su peor padecimientos, es una enfermedad genética crónica que se caracteriza por producir “dolores intentos e insoportables” en los laterales de la cabeza y la mandíbula.

“Comenzó como una neuritis causada por dolor en la dentadura. Me tuve que hacer extraer varias piezas dentales sanas hasta que el dolor se expandió a la cabeza. Tuve que recurrir a un neurólogo”.

Ana ya había tenido un antecedente similar a los 25 años pero al durar poco tiempo y encontrarse en un contexto donde el conocimiento médico era otro, no halló el diagnóstico exacto. Recién en 2013, con un estudio VSG que se hace a partir de una análisis de sangre, un eco doppler y hasta una biopsia quirúrgica de extracción de un tramo de arteria, estaba lista.

El sistema de salud había encontrado el problema y comenzó a tratarla con corticoides. Los efectos secundarios no tardaron en aparecer, comenzaron a bajar sus defensas y el sobrepeso también se hizo presente.

Como si fuera poco, se vio envuelta en un sinfín de síntomas más causados por la fibromialgia. Una enfermedad neurológica, de origen y tratamiento totalmente desconocido. En un cuerpo sin órganos dañados se le atribuye este padecimiento a un error de procesamiento a nivel sináptico cuyo detonante podría ser el stress.

La propuesta médica tradicional fue utilizar Tramadol, un conocido opioide con propiedades analgésicas. Con el tiempo, Ana comenzó a necesitar aumentar su dosis. El uso continuado generó el mal llamado acostumbramiento o adicción. El dolor lo exigía y, generalmente, lo consumía asociado a otros medicamentos antidepresivos como tríciclos y pregabalina, prohibidos en muchos países por sus consecuencias neuronales.

“Llegué a ser totalmente dependiente de esa droga”.   

En ese momento fue que su nuevo neurólogo, con una mirada más abierta a la medicina alternativa, le sugirió continuar su tratamiento con THC. Desde joven Ana, por amistades y vínculos cercanos, conocía el cannabis y si bien nunca tuvo una mirada estigmatizante sobre su uso, jamás había consumido.

Conversó con su familia y todos la alentaron a intentarlo. Alguien le acercó una flor, nunca había visto una ni olido su aroma. Le armó un porro para que pudiera fumar y ahí quedó. Durante cuatro meses de especulación entre ventajas y desventajas, una nueva crisis la animó a probar.

“¡¡Tres secas!! Suficiente para no sentir dolor por varios días. Para ese entonces ya había olvidado que era un día sin dolor”.

Desde ese momento dejó de sentir dolor de cabeza y disminuyo la rigidez de su cuerpo, ya no tardaba una hora (o más) para salir de la cama. Ya no hubo dudas, esta nueva experiencia la inició en el autocultivo. Se informó y comenzó a producir su propia medicina: primero aceite, luego ungüentos y tinturas.

Aunque Ana asegura que no le gusta fumarla, afirma que ama olfatear su olor y sentir la resina en los dedos. Hoy se encuentra agradecida por haber dejado la batería de medicamentos sintéticos que le produjeron un daño irreversible en el estómago. Recomienda el uso de cannabis y propone el cultivo solidario.

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